Me llamo Laura y durante mucho tiempo mi tatarabuela fue solo un nombre en el árbol familiar.
Mi abuela murió cuando yo era muy pequeña, así que nunca tuve ocasión de preguntarle por ella. En casa apenas había fotografías antiguas y, con los años, su historia quedó casi borrada.
Hasta que ocurrió algo inesperado.
Cuando ya era adulta conocí a una prima de mi abuela. Era una mujer muy mayor que había conocido bien a la familia de aquella generación.
Cuando me vio por primera vez se quedó mirándome en silencio durante unos segundos.
Luego sonrió, visiblemente emocionada.
“Te pareces muchísimo a tu tatarabuela”, me dijo.
Empezó a contarme cómo era. Cómo miraba, cómo hablaba, qué carácter tenía. Me describió gestos que yo misma tenía sin haberlo sabido nunca.
En ese momento sentí algo extraño.
Era como si, de repente, alguien hubiera vuelto a abrir una puerta del pasado.
Durante años pensé que mi tatarabuela era una historia perdida. Pero aquel día entendí que no había desaparecido del todo.
Porque aunque no la conocí, algo de ella sigue aquí.
En mi cara.
En mis gestos.
Quizá incluso en mi forma de ser.
Ese día comprendí algo muy simple.
La familia no solo se transmite en los apellidos.
También vive en nosotros.
Este homenaje es para mi tatarabuela.
Y para todos los antepasados que siguen presentes en quienes venimos después.
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