Me llamo Carlos y hay un recuerdo de mi infancia que siempre me llamó la atención.
Mi abuelo nunca tiraba el pan.
Da igual lo duro que estuviera. Da igual si llevaba días en la cocina. Si alguien intentaba tirarlo, él lo recogía y lo guardaba.
De niño no lo entendía.
Para mí el pan era algo que siempre estaba ahí. Si se acababa, se compraba más. Si se ponía duro, se tiraba y ya está.
Un día le pregunté por qué lo guardaba.
Él me respondió algo muy simple:
“El pan no se tira.”
Nada más.
Durante años pensé que era una manía de persona mayor. Una costumbre sin demasiado sentido.
Hasta que, siendo adulto, escuché a mi madre contar una historia de su infancia.
Mi abuelo había pasado hambre.
Había vivido épocas en las que el pan era lo único que había para comer. Épocas en las que cada trozo contaba.
Entonces lo entendí.
Para él, el pan no era solo comida.
Era memoria.
Era la prueba de que ahora sí había suficiente.
Este homenaje es para mi abuelo.
Y para todos los que aprendieron a valorar cada trozo de pan porque un día supieron lo que era no tenerlo.
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