Me llamo Elena y cuando entendí esto, me cambió la perspectiva.
Mi tatarabuela nació en un pueblo pequeño. Se casó en ese mismo pueblo. Trabajó allí. Crió hijos allí. Murió allí.
Nunca viajó más de 20 kilómetros en toda su vida.
No vio el mar si no vivía cerca.
No subió a un tren si no pasaba por su comarca.
No conoció otra ciudad.
Su mundo era pequeño en distancia, pero enorme en intensidad.
Yo he viajado más en un año que ella en toda su existencia. He subido a aviones, he cruzado fronteras, he visto mapas desde arriba.
Y sin embargo, su vida fue tan real y tan completa como la mía.
Amó.
Sufrió pérdidas.
Trabajó duro.
Celebró nacimientos.
Vio crecer generaciones.
No necesitó recorrer el mundo para sostener el suyo.
A veces confundimos amplitud con profundidad. Pensamos que una vida vale más cuanto más lejos llega.
Pero mi tatarabuela me enseñó otra cosa.
Que se puede vivir una vida entera sin moverse casi del lugar donde naciste.
Este homenaje es para ella.
Y para todas esas generaciones cuyo mundo cabía en pocos kilómetros… pero en muchísima historia.
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