Mi bisabuela plantó un árbol.
No sé si lo hizo por necesidad, por costumbre o simplemente porque alguien le dijo que había que hacerlo. Era un árbol más en un patio sencillo, en una vida llena de trabajo.
Lo regó cuando era pequeño. Lo protegió del frío. Lo vio crecer año tras año.
Pero no llegó a verlo como es hoy.
Mi bisabuela murió mucho antes de que el árbol se hiciera fuerte, alto, capaz de dar sombra a varias generaciones.
Hoy ese árbol sigue en pie.
Nos sentamos debajo en verano. Los niños juegan alrededor. Se hacen fotos en celebraciones familiares. A veces, sin darnos cuenta, apoyamos la espalda en su tronco como si fuera algo normal.
Y no lo es.
Ese árbol es la prueba de que algunas cosas sobreviven al tiempo. Que lo que se planta con cuidado puede durar más que una vida.
Mi bisabuela no dejó escritos.
No dejó discursos.
No dejó herencias grandes.
Dejó raíces.
Y quizá eso es lo más importante.
Porque mientras ese árbol siga vivo, hay algo de ella que también lo está.
Este homenaje es para mi bisabuela.
Y para todos los que sembraron futuro sin saber quién lo disfrutaría.
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