Durante mucho tiempo hablé de mi familia como una familia pobre.
Era la palabra que usaba sin pensar demasiado.
Recordaba casas pequeñas, ropa pasada de hermanos mayores, comidas sencillas. Recordaba que no sobraba nada. Que todo se aprovechaba. Que nadie tiraba comida. Que los inviernos eran duros y los veranos largos.
Y yo llamaba a eso pobreza.
Hasta que empecé a reconstruir su historia.
Vi jornadas de trabajo interminables. Caminatas diarias para ir al campo o a la fábrica. Mujeres sosteniendo casas enteras. Hombres levantándose de noche para volver a empezar. Vecinos compartiendo lo poco que había. Familias criando hijos sin apenas descanso.
Y entendí algo.
Eso no era pobreza.
Era resistencia.
No tenían comodidades, pero tenían constancia.
No tenían abundancia, pero tenían comunidad.
No tenían tiempo para quejarse, porque había que seguir.
Mis antepasados no se veían como víctimas. Se veían como personas haciendo lo necesario.
Criaron hijos.
Aguantaron pérdidas.
Atravesaron inviernos fríos.
Se adaptaron a lo que tocaba.
Y gracias a eso, hoy existimos muchos.
Durante años pensé que venía de una historia pequeña.
Ahora sé que vengo de una historia fuerte.
Este homenaje es para mi familia.
Y para todas esas generaciones que no tuvieron mucho, pero lo dieron todo.
Porque no crecimos de gente pobre.
Crecimos de gente resistente.
Añadir comentario
Comentarios