Mi bisabuela nunca se sentó en la mesa con los hombres

Me llamo Laura y este recuerdo me acompañó toda la vida sin que yo lo entendiera del todo.

Cuando era pequeña, veía a mi bisabuela ir y venir con los platos. Servía primero. Se aseguraba de que todos comieran. Luego, cuando ya nadie tenía hambre, ella se sentaba un momento… o seguía recogiendo.

Nunca ocupaba un sitio en la mesa principal.

Yo pensaba que era su forma de ser.

Con los años comprendí que no.

Era una forma aprendida de estar en el mundo.

A ella le enseñaron que primero iban los demás.
Que su sitio era servir.
Que su cansancio no era prioritario.
Que su voz podía esperar.

Crió hijos.
Llevó una casa.
Organizó comidas.
Sostuvo rutinas.

Y todo eso casi siempre de pie.

No aparece así en ningún documento.
No hay registros de horas trabajadas dentro del hogar.
No hay partidas que hablen de su agotamiento.

Pero sin ella, nada habría funcionado.

Hoy, cuando pienso en mi bisabuela, no la imagino sentada. La imagino moviéndose entre la cocina y la mesa, pendiente de todos, olvidándose un poco de sí misma.

Este homenaje es para ella.
Y para todas las mujeres que sostuvieron familias enteras sin sentarse nunca.

Porque hay trabajos que no cotizan.
Pero construyen generaciones.

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