Encontré a un tío abuelo internado en un hospicio.

Me llamo Marta y esta historia apareció revisando documentos antiguos.

Buscaba apellidos conocidos cuando apareció un nombre que nadie había mencionado nunca. Mi tío abuelo. Junto a él, una anotación breve: internado en el hospicio.

No estaba con su familia.

Al principio pensé en enfermedad grave. Luego empecé a leer sobre la época.

Descubrí algo duro: muchas personas acababan en hospicios no solo por problemas mentales, sino por pobreza, por quedarse solos, por no poder trabajar, por tristeza profunda, por comportamientos que hoy entenderíamos como depresión o ansiedad.

Entonces no había diagnóstico.
No había terapia.
No había acompañamiento.

Había separación.

Se apartaba a quien no encajaba. A quien estorbaba. A quien la familia no podía mantener.

Mi tío abuelo no volvió a aparecer en ningún recuerdo familiar. No hay fotos. No hay anécdotas. No hay historias.

No murió joven.

Lo borraron.

Y ese silencio pasó de generación en generación.

Hoy pienso en él como en tantas personas que fueron escondidas por vergüenza o por impotencia. Personas que necesitaban ayuda y recibieron aislamiento.

Este homenaje es para mi tío abuelo.
Y para todos los que quedaron fuera del relato familiar.

Porque no todos los ausentes murieron.

Algunos simplemente fueron apartados.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios