Descubrí que mi tatarabuela entregó un hijo.

Me llamo Clara y esta historia apareció en un registro antiguo.

Estaba reconstruyendo mi árbol cuando encontré un nombre que no cuadraba. Un niño que no aparecía en ninguna foto familiar. Al lado de su nombre había una anotación breve: entregado en la inclusa.

No murió.

Lo dio.

Al principio sentí rabia. Pensé en abandono. Pensé en secretos. Pensé en una familia que había ocultado algo.

Luego empecé a entender el contexto.

Mi tatarabuela era pobre. Vivía en una época sin ayudas, sin servicios sociales, sin red. Tenía otros hijos. Tenía hambre. Tenía miedo. Probablemente estaba sola.

La inclusa no era una elección.
Era el último recurso.

Entregar a un hijo no significaba dejar de quererlo. Significaba reconocer que no podías mantenerlo con vida.

Con el tiempo comprendí que aquello no fue una traición.

Fue una decisión imposible.

Ella cargó con ese peso el resto de su vida. Y el silencio pasó de generación en generación.

Hoy sé que mi familia no escondía una historia fea.
Escondía una historia demasiado dolorosa.

Este homenaje es para mi tatarabuela.
Y para todas las mujeres que tuvieron que tomar decisiones que nadie debería tener que tomar.

Porque a veces amar también es soltar.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios