Me llamo Ana y durante años pensé que mi abuela solo había criado a sus propios hijos.
Luego empecé a escuchar historias.
Un sobrino que se quedó porque su madre enfermó.
Un vecino pequeño que pasaba más tiempo en su cocina que en su casa.
Un niño huérfano al que nadie sabía muy bien dónde colocar.
Y mi abuela los colocó.
En su mesa.
En sus camas.
En su rutina.
No preguntó de quién eran.
Preguntó si habían comido.
No aparece como madre en ningún registro.
No figura en partidas.
No sale en árboles genealógicos como tutora de nadie.
Pero lavó ropa extra.
Preparó platos de más.
Curó rodillas raspadas.
Escuchó llantos que no le correspondían.
Crió.
Sin papeles.
No era caridad.
Era normalidad.
En su mundo, si un niño necesitaba casa, se le hacía sitio.
Hoy entiendo que eso también es maternidad.
Que hay familias que se construyen sin apellidos compartidos.
Que hay mujeres que sostuvieron generaciones sin que nadie lo escribiera.
Este homenaje es para mi abuela.
Y para todas esas mujeres que cuidaron hijos ajenos como propios.
Porque no todos los amores se registran.
Algunos simplemente se viven.
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