A veces pienso en mis bisabuelos y me cuesta imaginarlo.
Diez hijos.
No en un piso con calefacción. No con agua caliente saliendo del grifo. No con electrodomésticos. No con fines de semana libres.
Diez hijos en una casa pequeña, con trabajo físico, con frío en invierno y calor en verano.
Mi bisabuelo se levantaba antes de que amaneciera. Salía al campo. Labraba, cargaba, caminaba kilómetros. Volvía cansado. Y al día siguiente hacía exactamente lo mismo.
No porque quisiera.
Porque hacía falta.
Mi bisabuela encendía el fuego cada mañana. Lavaba la ropa a mano. Cocinaba para todos. Cuidaba bebés mientras vigilaba a los mayores. Cosía por la noche. Organizaba una casa llena sin haber aprendido nunca a descansar.
No tenía agua corriente.
No tenía lavadora.
No tenía tiempo.
Tenía responsabilidad.
Nunca los escuché quejarse en los recuerdos familiares. No hablaban de sacrificios. Hablaban de lo normal. De sacar adelante a los hijos. De que no faltara pan. De que el invierno no fuera demasiado duro.
No hubo gloria.
Hubo constancia.
Hoy me quejo del cansancio después de un día complicado. Ellos vivieron cansados durante años. Y aun así siguieron.
No tenían facilidades.
Tenían compromiso.
Gracias a ese esfuerzo silencioso hoy existimos muchos. Nietos, bisnietos, tataranietos que vivimos con comodidades que ellos jamás imaginaron.
A veces me pregunto si yo habría sido capaz.
Este homenaje es para mis bisabuelos.
Y para todas esas parejas anónimas que levantaron familias enteras sin aplausos, sin reconocimiento y sin descanso.
Porque mientras nosotros vivimos el presente, ellos construyeron el futuro.
Añadir comentario
Comentarios