Mi abuela sabía cuándo yo mentía.
Me llamo Laura y todavía recuerdo esa sensación exacta.
Yo decía algo que no era del todo verdad. Algo pequeño, sin importancia. Ella no levantaba la voz. No hacía preguntas. No me corregía delante de nadie.
Solo me miraba.
Una mirada tranquila. Sin juicio. Sin enfado.
Y yo sabía.
Sabía que lo había entendido todo.
Durante años pensé que era intuición sin más. Que algunas personas tienen ese don y ya está.
Ahora entiendo que no era un don.
Era experiencia.
Mi abuela había criado hijos. Había pasado hambre. Había vivido pérdidas. Había aprendido a leer silencios, gestos mínimos, cambios en la voz. Su cuerpo sabía antes que su cabeza.
No necesitaba palabras.
Había acompañado demasiadas emociones como para no reconocerlas.
Nunca me hizo sentir pequeña. Nunca me avergonzó. Su forma de saber era suave. Me enseñó que decir la verdad era más fácil que sostener una mentira.
Hoy, cuando recuerdo su mirada, me doy cuenta de algo:
hay personas que no escuchan lo que dices.
escuchan lo que sientes.
Este homenaje es para mi abuela.
Y para todas esas mujeres que aprendieron a leer el mundo sin libros, solo viviendo.
Porque a veces el amor no pregunta.
Observa.
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