Mi familia aprendió a no hacer ruido.

Me llamo Irene y durante muchos años pensé que en mi casa simplemente éramos tranquilos.

Se hablaba bajo.
Se caminaba despacio.
Las puertas se cerraban con cuidado.
Nadie levantaba la voz.

Parecía buena educación.

Con el tiempo entendí que no.

Era memoria corporal.

Mis abuelos crecieron en épocas donde molestar podía traer consecuencias. Donde era mejor pasar desapercibido. Donde no llamar la atención era una forma de protección. Aprendieron a hacerse pequeños. Y sin darse cuenta, nos lo enseñaron.

No era timidez.
Era supervivencia.

Ahora veo esos gestos en mí. En cómo entro a los sitios. En cómo pido las cosas. En cómo bajo la voz sin darme cuenta.

No heredé solo apellidos.
Heredé una manera de estar en el mundo.

Este homenaje es para mis abuelos.
Y para todas las familias que aprendieron a vivir ocupando poco espacio.

Porque a veces no heredamos palabras.
Heredamos silencios.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios