Mi abuelo cambió su apellido para no ir a la guerra.

Me llamo Marcos y esta historia la entendí demasiado tarde.

Siempre hubo cosas raras en los documentos familiares. Un apellido que aparecía distinto. Una edad que no cuadraba. Un pueblo que cambiaba según el papel. Pensé que eran errores de registro.

Hasta que empecé a unir piezas.

Mi abuelo se fue de España siendo muy joven. No porque quisiera aventura. Se fue porque no quería alistarse. Porque no quería matar ni morir. Porque entendió que quedarse significaba perder la vida o perderse a sí mismo.

Al llegar a otro país hizo lo que muchos hicieron: cambió el apellido, ajustó fechas, inventó un origen más conveniente.

No fue fraude.
Fue miedo.

Fue intentar desaparecer lo justo para seguir vivo.

Durante años pensé que mi familia tenía una historia mal escrita.
Ahora sé que estaba escrita con pánico.

Mi abuelo no buscaba borrar quién era.
Buscaba salvarse.

Y gracias a eso, yo estoy aquí.

Este homenaje es para él.
Y para todos los que tuvieron que romper su identidad para poder seguir adelante.

Porque no todos heredamos apellidos limpios.
Algunos heredamos historias partidas.

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