Me llamo Paula y durante años pensé que mi abuela simplemente cocinaba “a su manera”.
Nunca medía nada. No apuntaba cantidades. No seguía pasos escritos. Probaba, miraba el color, olía el guiso, tocaba la masa. Y siempre salía bien.
De pequeña me desesperaba. Yo quería instrucciones claras. Ella solo decía: “cuando lo veas”.
Con el tiempo entendí que no era improvisación.
Era memoria.
Había aprendido mirando a su madre. Y su madre a la suya. No había libros. Había observación. Repetición. Hambre. Aprovechamiento. Intuición afinada por necesidad.
Mi abuela no me enseñó recetas.
Me enseñó a confiar en mis sentidos.
A cocinar con lo que hay.
A no desperdiciar.
A esperar el punto justo.
Ahora, cada vez que preparo algo sin medir, sé que no estoy sola en la cocina.
Llevo generaciones conmigo.
Este homenaje es para mi abuela.
Y para todas las mujeres que transmitieron saber sin escribir una sola palabra.
Porque hay conocimientos que no se apuntan.
Se heredan.
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