Mi padre Juan decía mucho una frase:
“No molestes.”
No la decía enfadado.
No la decía como reproche.
La decía casi sin pensar.
La decía cuando entrabas en una habitación.
Cuando ibas a preguntar algo.
Cuando dudabas si hablar o no.
“Ve con cuidado.”
“No molestes.”
En casa nadie lo interpretaba como mala intención. No era una norma escrita ni una lección de educación. Era una costumbre. Algo aprendido y repetido sin detenerse a pensar de dónde venía.
Durante años yo entendí esa frase como una forma de orden. Algo práctico. Algo normal. No me sentía regañada. Simplemente aprendí a medir cuándo hablar, cuándo esperar, cuándo hacerme pequeña.
Con el tiempo empecé a fijarme en algo: mi padre también se decía “no molestes” a sí mismo. No pedía favores. No interrumpía. No ocupaba más espacio del necesario. Estaba, pero siempre con cuidado de no incomodar a nadie.
Nunca lo explicó. Nunca dijo por qué.
Y nadie se lo preguntó.
Ahora, cuando lo recuerdo, no pienso que fuera una frase dura. Pienso que era una frase defensiva. De alguien que aprendió pronto que molestar tenía consecuencias. Que ocupar demasiado espacio no era bienvenido. Que lo mejor era pasar sin hacer ruido.
No era educación.
Era supervivencia cotidiana.
Hoy me sorprendo a veces usando la misma frase. No hacia otros, sino hacia mí. Y entonces paro. Porque entiendo que hay cosas que se heredan sin querer, sin saber, sin elegirlas.
Mi padre Juan siempre decía “no molestes”.
No porque no importaras.
Sino porque a él le enseñaron, muy pronto, a no molestar nunca.
Añadir comentario
Comentarios