Mi madre Ana nunca decía que estaba cansada

Mi madre Ana no decía nunca que estuviera cansada.
No es que no lo estuviera. Es que no lo decía.

Si alguien le preguntaba cómo estaba, respondía con frases cortas:
“Bien.”
“Normal.”
“Como siempre.”

No recuerdo haberla oído decir “estoy agotada”. Ni siquiera en días largos, ni cuando se le notaba en el cuerpo. Seguía haciendo lo que tocaba, sin anunciarlo, sin marcarlo, sin pedir nada a cambio.

En casa eso no llamaba la atención. Nadie pensaba que fuera raro. Era su manera de estar. Como si el cansancio fuera algo privado, algo que no merecía ocupar espacio en una conversación.

Con los años empecé a fijarme en ese detalle. En cómo otras personas sí se permiten parar, quejarse, verbalizar el desgaste. Y entonces entendí que mi madre había aprendido otra cosa: que decir que estás cansada no cambia nada. Que lo importante es seguir.

Nunca explicó por qué era así.
Nunca hizo de ello una virtud.
Simplemente vivía de esa manera.

Hoy, cuando me escucho a mí misma decir “estoy bien” aunque no lo esté, me doy cuenta de que hay frases que no se enseñan, pero se heredan. Formas de aguantar que pasan de una generación a otra sin que nadie las nombre.

Mi madre Ana nunca decía que estaba cansada.
No porque no lo sintiera.
Sino porque aprendió que el cansancio no se decía: se llevaba.

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