Mi abuela no decía “hola”.
Decía “come”.
Entrabas por la puerta y antes de preguntarte cómo estabas, si habías llegado bien o si querías sentarte, ya estaba señalando la mesa. A veces ni siquiera levantaba la vista. “Come”, decía. Y seguía a lo suyo.
En casa eso no se veía como algo raro. Era normal. Era ella. Sabíamos que el saludo venía después, o no venía. Que lo importante era que te sentaras y comieras algo. Aunque no tuvieras hambre. Aunque dijeras que no hacía falta.
Mi abuela no preguntaba mucho. No sabía qué hacer con las emociones largas ni con las conversaciones profundas. Pero sabía perfectamente qué hacer cuando alguien cruzaba la puerta: alimentarlo. Asegurarse de que no se quedaba vacío.
Con los años entendí que ese “come” era muchas cosas a la vez. Era cuidado. Era preocupación. Era una forma aprendida de querer cuando no se tenían palabras para todo lo demás. En su época, querer no se decía. Se servía.
Hoy, cuando alguien llega a mi casa y lo primero que hago es ofrecer algo de comer, me doy cuenta de que no es casualidad. Es memoria. Es repetición. Es una herencia silenciosa.
Mi abuela siempre decía “come” antes que “hola”.
Porque para ella, estar bien empezaba por no pasar hambre.
Y eso era lo más parecido a decir “me importas”.
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