Durante mucho tiempo pensé que mi bisabuelo no existía.
No aparecía en ningún sitio. No salía en los libros parroquiales que consulté. No figuraba en los índices. Era como si se hubiera borrado del todo.
Lo busqué con el nombre que siempre se había dicho en casa. El que se repetía de generación en generación. Asumí que, si no aparecía así, era porque no había rastro. Que había un límite al que no podía llegar.
El problema no era que no existiera.
El problema era que estaba mal escrito.
Cuando revisé de nuevo los documentos, con otra mirada, encontré algo que había pasado por alto: el nombre coincidía, el pueblo coincidía, la fecha encajaba… pero el apellido no era exactamente el mismo. Una variación mínima. Una letra distinta. Lo suficiente para que no apareciera en ninguna búsqueda literal.
Ese fue el punto de giro.
Con el apellido correcto, el registro apareció. Y con él, algo más importante: sus padres. Lo que llevaba años bloqueado se movió en una sola revisión bien hecha. No fue suerte. Fue entender cómo buscar y cómo leer un documento sin dar nada por supuesto.
Ese descubrimiento no fue solo un avance genealógico. Fue un homenaje real. Porque no se trataba de añadir un nombre a un árbol, sino de devolverle su lugar. De entender que no estaba perdido, solo mal interpretado.
A veces creemos que nuestros antepasados no dejaron rastro.
Y no es cierto.
A veces el rastro está ahí, pero hay que saber cómo encontrarlo.
Cuando sabes cómo buscar,
el árbol se mueve.
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