Cuando empecé a investigar a mi bisabuela, pensé que había desaparecido de la historia.
En los documentos solo aparece una vez.
En una partida de bautismo, como madre.
No está en padrones.
No firmó escrituras.
No figura en contratos.
Y aun así, tuvo hijos, sostuvo una casa y trabajó toda su vida.
Formó parte de su familia y de su entorno, aunque no dejara rastro legal más allá de esa mención.
Con el tiempo entendí que no era un caso excepcional. Durante siglos, muchas personas solo quedaron reflejadas en los registros cuando la ley, la Iglesia o la administración lo exigían. La falta de documentos no significa falta de vida, sino una forma concreta de existir dentro de los límites de su época.
Buscar a mi bisabuela no fue encontrar más papeles.
Fue entender por qué no estaban.
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