Mi bisabuelo tenía un apellido… según el día

Cuando empecé a investigar a mi bisabuelo, lo primero que pensé fue que había cometido un error yo.

En la partida de bautismo aparece con un apellido.
En el padrón municipal, con otro distinto.
Y en la partida de matrimonio, con un tercero que no coincidía con ninguno de los anteriores.

Mi primera reacción fue pensar que estaba mezclando personas. Volví atrás. Revisé fechas, el nombre de sus padres, el pueblo, la edad aproximada. Todo encajaba. No había duda: era la misma persona.

Aun así, seguía chirriando. ¿Cómo podía alguien tener tres apellidos distintos en documentos oficiales? Busqué más registros. En uno aparecía con una variante mínima, una letra cambiada. En otro, directamente con un apellido diferente. En ningún sitio parecía importar demasiado.

Con el tiempo entendí que el problema no era mío ni de los documentos. Era la forma en que se vivía entonces. El cura escribió el apellido como lo oyó. El funcionario del padrón, como lo conocían en el pueblo. Y mi bisabuelo, por lo visto, nunca corrigió a nadie. No porque no supiera leer o escribir necesariamente, sino porque no tenía ninguna utilidad hacerlo.

Hoy damos por hecho que el apellido es una identidad fija, casi sagrada. En su época no lo era. Lo importante era saber de quién eras hijo, a qué familia pertenecías y en qué casa vivías. La grafía exacta no cambiaba nada en la vida cotidiana.

De hecho, cuanto más avanzaba en la investigación, más normal me parecía. Encontré vecinos con el mismo problema, hermanos escritos de forma distinta, apellidos que cambiaban de una generación a otra sin que nadie lo viviera como algo extraño.

Visto desde hoy, resulta casi cómico leer los documentos uno detrás de otro y pensar que hablan de personas diferentes, cuando en realidad cuentan la vida de la misma. Pero para ellos no había confusión. Todos sabían perfectamente quién era quién.

Buscar a mi bisabuelo no fue encontrar el apellido “correcto”.
Fue entender que, para él, no existía uno solo.

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