Mi madre siempre preparaba de más

Mi madre siempre preparaba de más.
No importaba qué.

Comida.
Ropa.
Camas.
Tiempo.

En casa nunca se cocinaba “justo”. Siempre había un plato extra, aunque no supiéramos para quién. Siempre una cazuela un poco más grande, aunque fuéramos los de siempre. Nunca preguntaba si alguien iba a venir. Simplemente lo hacía.

Lo mismo con la ropa. Compraba una talla más. Guardaba prendas “por si acaso”. Dejaba cosas listas que nadie había pedido. Como si anticiparse fuera una forma de estar tranquila.

De pequeña no lo entendía. Pensaba que era exageración, manía, costumbre. “Siempre sobra”, decía yo. Ella no respondía. O decía algo vago, sin darle importancia.

Con los años empecé a entenderlo.

Mi madre venía de una época en la que no sobrar era un lujo. De un tiempo en el que llegar justo podía significar no llegar. Preparar de más no era derrochar: era asegurarse. Era protegerse del imprevisto, del hambre, de la visita inesperada, de la necesidad.

No preparaba de más por abundancia.
Preparaba de más por memoria.

Hoy me descubro haciendo lo mismo. Cocinando un poco más. Guardando algo “por si hace falta”. Dejando espacio, comida, tiempo… aunque no sepa para quién.

Y entonces pienso que hay herencias que no se dicen.
Se repiten.

Mi madre siempre preparaba de más.
Porque en su mundo, quedarse corta no era una opción.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios