En mi familia siempre se dijo lo mismo sobre mi abuelo Ramón Castillo:
que nunca se sentaba de espaldas a la puerta.
Ni en casa.
Ni en bares.
Ni en ningún sitio.
No importaba si la silla era cómoda o no, si había sitio o si estorbaba. Él miraba primero dónde estaba la puerta y luego se sentaba. Si no podía verla, prefería cambiar de lugar. Y si no había otro sitio, se quedaba de pie.
De pequeña me parecía una manía. Algo suyo. Nadie lo comentaba demasiado. Era así y punto. Cuando alguien nuevo lo veía, alguien de la familia decía en voz baja: “déjalo, es que él no se sienta de espaldas a la puerta”.
Nunca explicó por qué.
Nunca lo justificó.
Nunca pidió que lo entendieran.
En casa se asumía igual que se asumían otras cosas: que siempre llegaba temprano, que hablaba poco o que no le gustaban las sorpresas. Nadie le preguntó de dónde venía esa costumbre. Nadie intentó cambiarla.
Con los años he pensado muchas veces en ese gesto. En lo automático que era. En cómo lo repetía sin darse cuenta, como si el cuerpo recordara algo que la boca no decía.
Hoy, cada vez que entro en un sitio, me descubro mirando dónde está la puerta. No porque tenga miedo. No porque lo necesite. Sino porque hay gestos que se heredan sin explicación.
Y entonces me acuerdo de mi abuelo Ramón Castillo,
sentado siempre de frente,
como si esperar fuera una forma de estar preparado.
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