Decían que mi abuelo era tacaño. No lo era.

En la familia siempre se dijo lo mismo de mi abuelo:
que era tacaño.

Que apagaba las luces demasiado pronto.
Que no tiraba nada.
Que miraba dos veces antes de gastar una moneda.

Era casi una broma familiar. Algo que se repetía sin pensar demasiado.

Pero nadie se paró a preguntar por qué.

Mi abuelo creció en un tiempo en el que no había seguridad. Donde el trabajo no era fijo, la comida no estaba garantizada y el futuro no se planificaba: se aguantaba. Aprendió muy pronto que gastar de más podía tener consecuencias reales.

No conoció la abundancia.
Conoció la falta.

Por eso guardaba. Por eso reutilizaba. Por eso parecía siempre estar “contando”. No dinero: posibilidades. Días. Resistencia.

Nunca habló de hambre.
Nunca habló de miedo.
Pero vivió como quien sabe que todo puede acabarse.

Con los años, cuando miramos documentos, fechas y contextos, la etiqueta de “tacaño” dejó de tener sentido. No era una forma de ser. Era una forma de sobrevivir que se le quedó grabada.

Hoy entendemos que no ahorraba por avaricia.
Ahorraba por memoria.

Y esa memoria, aunque incómoda, también es parte de lo que somos.

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Comentarios

Marisol
hace 5 días

Tanta verdad, solo juzgamos sin saber que hay detrás de su historia, saludes desde Guatemala