Mi bisabuela no hablaba mucho del pasado.
No contaba historias largas ni explicaba decisiones.
Simplemente hacía las cosas.
En una alacena de la cocina, detrás de platos que ya casi no se usaban, había una caja de lata. No era bonita ni especial. Había sido de galletas, o de algo parecido. Estaba abollada, con la tapa mal encajada.
Ahí guardaba los papeles importantes.
No estaban ordenados. No había carpetas ni fechas escritas. Pero todo lo que importaba estaba allí: escrituras, recibos antiguos, algún documento doblado muchas veces. Papeles que ella no enseñaba, pero que nunca perdía.
Cuando alguien preguntaba por algo —una tierra, una casa, un límite— ella no dudaba. Iba directa a la caja. Sabía exactamente qué había y dónde estaba, aunque desde fuera pareciera un caos.
No hablaba de herencias.
No hablaba de futuro.
Hablaba de lo justo.
Venía de una época en la que perder un papel podía significar perderlo todo. Donde no había segundas copias ni registros fáciles de recuperar. Donde la memoria no bastaba: había que guardar pruebas.
Nunca explicó por qué hacía eso.
Nunca dijo “esto es importante”.
Pero lo protegió durante toda su vida.
Hoy, cuando buscamos documentos familiares, entendemos muchas cosas. Entendemos que no era desconfianza. Era supervivencia. Era responsabilidad silenciosa.
Esa caja de lata no era solo un objeto.
Era la forma que tenía de cuidar a los que venían detrás.
Añadir comentario
Comentarios