En mi familia siempre se contó igual: antes, al salir de casa, nadie decía “ten cuidado”.
Ni “avisa cuando llegues”. Ni “escríbeme”. Ni “cualquier cosa me llamas”. No había esa forma de despedirse que tenemos ahora, como si cada salida necesitara un aviso.
Se abría la puerta, se cogía la chaqueta y se decía “hasta luego”.
Y ya está.
De pequeña me parecía normal, porque no conocía otra cosa. Pero de mayor empecé a pensarlo de verdad y me chocó. No es que no se quisieran. No es que diera igual. Es que venían de una vida donde el peligro no era una excepción: era el fondo.
Se trabajaba con herramientas, con animales, con máquinas, con carreteras sin las condiciones de hoy. Se cruzaban pueblos a pie o en lo que hubiera. Había enfermedades, accidentes, temporadas malas. Y aun así, la despedida no se llenaba de miedo. No porque no existiera, sino porque no se podía vivir hablándolo todo el tiempo.
Decir “ten cuidado” no era costumbre, porque cuidar ya era obligatorio.
Lo llevaban encima, como una postura. Como una forma de moverse. Como una norma silenciosa.
Hoy hacemos lo contrario. Nos avisamos, nos escribimos, nos pedimos confirmación. Lo hacemos porque nos importa, sí, pero también porque vivimos con otra relación con la incertidumbre. Queremos controlarla, aunque sea con palabras.
Y cuando pienso en esas despedidas antiguas, tan simples, tan secas, entiendo algo que me cuesta incluso explicar: no eran frías. Eran prácticas. Eran de gente que no podía permitirse convertir cada salida en una despedida grande.
Porque antes no decían “ten cuidado”.
No porque no les importara.
Sino porque vivir ya era tener cuidado.
Añadir comentario
Comentarios