En mi familia siempre se contó lo mismo sobre mi bisabuelo Eusebio Martín:
que comía solo.
No era porque estuviera enfadado.
No era porque no hubiera gente.
No era porque se llevara mal con nadie.
Simplemente comía solo.
Eso decían todos. Lo repetían igual, como si fuera una frase aprendida. “Tu bisabuelo comía solo”. Y no añadían nada más. No había explicación, ni anécdota que lo justificara, ni intento de entenderlo.
Aunque la casa estuviera llena, él se sentaba aparte. Aunque hubiera visitas, aunque fuera domingo, aunque no hubiera ningún motivo aparente. No se aislaba del todo, pero tampoco se sentaba con los demás. Era una costumbre asumida.
De pequeña me parecía extraño. Preguntaba por qué, y siempre obtenía la misma respuesta: “porque era así”. Nadie lo decía con pena ni con reproche. Tampoco con misterio. Era un hecho más, como decir que alguien siempre se levantaba temprano o que nunca hablaba alto.
Con los años entendí que no todas las rarezas familiares vienen con explicación. Algunas se transmiten solo como dato. Como una forma de ser que no se discute, no se corrige y no se interpreta.
Hoy, cuando recuerdo a mi bisabuelo Eusebio Martín, no pienso en grandes historias. Pienso en esa imagen repetida que todos describían igual: él comiendo solo, tranquilo, sin enfado, sin ruido.
Y me doy cuenta de que, aunque nadie supiera por qué lo hacía, todos lo recordaron por eso.
A veces, lo que más permanece de alguien no es lo que explicó,
sino lo que hizo siempre igual, sin dar razones.
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