A veces no heredamos amor, heredamos resistencia

Durante mucho tiempo pensé que en mi familia faltaba algo.
Que no sabíamos querer bien. Que éramos fríos, poco expresivos, duros sin darnos cuenta. Miraba a otras familias y sentía que había una forma de amor que a nosotros no nos habían enseñado.

Con los años entendí que no era exactamente eso.

En mi familia no se heredó el amor como gesto visible, como palabra repetida o como abrazo fácil. Se heredó la resistencia. La capacidad de aguantar. De seguir. De no romperse cuando las cosas venían mal.

Mis antepasados no tuvieron tiempo para aprender a expresar lo que sentían. Tuvieron que aprender a sostener la vida. A levantarse cada día. A trabajar aunque doliera el cuerpo. A cuidar sin preguntarse si estaban cansados. A seguir adelante sin espacio para detenerse a sentir.

No decían “te quiero”, pero estaban.
No hablaban de emociones, pero resolvían.
No sabían acompañar con palabras, pero no abandonaban.

Eso también es una forma de amor, aunque hoy nos cueste reconocerla como tal.

Ahora vivimos en un tiempo distinto. Un tiempo que nos pide expresar, nombrar, compartir lo que sentimos. Y a veces juzgamos a quienes vinieron antes con criterios que no pudieron aprender. Les pedimos ternura cuando ellos solo supieron supervivencia.

Yo no heredé caricias fáciles.
Heredé fuerza.
Heredé aguante.
Heredé la capacidad de no rendirme cuando todo pesa.

Y ahora, con eso que me dejaron, intento hacer algo nuevo: aprender a querer sin dejar de resistir. Nombrar lo que siento sin olvidar de dónde vengo. Cuidar sin endurecerme.

Porque entender lo que heredamos no es repetirlo sin pensar.
Es elegir qué hacemos con ello.

A veces no heredamos amor como lo entendemos hoy.
Heredamos resistencia.

Y reconocerlo también es una forma de memoria.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios