Decían que mi tatarabuelo nunca decía adiós

En mi familia siempre se contó lo mismo sobre mi tatarabuelo Vicente Alonso:
que nunca decía adiós.

No era despiste ni mala educación. Simplemente se iba.
Se levantaba, cogía lo que tuviera que coger y salía. Sin avisar. Sin despedirse de nadie. Y tampoco lo hacía al volver: entraba como si no hubiera pasado nada.

Eso decían. Así lo repetían todos.

Al principio, cuando me lo contaban, me hacía gracia. Me parecía una anécdota curiosa, casi simpática. Pero con los años entendí que no lo decían como una broma. Lo decían como algo que lo definía. Era conocido por eso. En el pueblo sabían que Vicente Alonso no se despedía.

Nunca se explicó el motivo. Nadie dijo que fuera tristeza, miedo o carácter. Simplemente era así. En la familia se asumía. Nadie se ofendía. Nadie le reclamaba nada. Sabían que, aunque no dijera adiós, siempre volvía.

Y volvía igual. Sin grandes palabras. Sin explicaciones. Como si las despedidas no fueran necesarias cuando la presencia estaba asegurada.

A mí me lo contaron como se cuentan las cosas importantes sin darse cuenta: en una conversación cualquiera, repitiendo siempre la misma frase. “Tu tatarabuelo nunca decía adiós”. Y con eso bastaba.

Hoy pienso que quizá no sabía despedirse. O quizá no creía en las despedidas. Tal vez para él irse no significaba romper nada, y por eso no hacía falta marcarlo.

Sea como sea, ese gesto mínimo atravesó generaciones.
Y ahora, cada vez que alguien de la familia se va sin despedirse, alguien dice:
“Eso lo hacía Vicente”.

Y así, sin decir adiós,
mi tatarabuelo sigue estando.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios