Mi tía siempre tenía la puerta abierta.
No es una forma de hablar. Estaba abierta de verdad. A cualquier hora, cualquier día, sin avisar.
No hacía falta llamar antes. No hacía falta explicar nada. Entrabas y ya estaba. A veces en la cocina, a veces sentada, a veces haciendo cualquier cosa. Pero nunca sorprendida de verte. Como si supiera que ibas a llegar.
En su casa nunca sobrabas. No importaba si ibas con prisas, si te quedabas mucho rato o si solo necesitabas sentarte un momento. No había preguntas incómodas ni caras largas. Tampoco grandes discursos. Simplemente espacio.
Recuerdo esa casa como un lugar donde no había que justificar nada. Podías llegar cansada, enfadada, callada o alegre. Todo cabía. Si querías hablar, hablábamos. Si no, no pasaba nada. La puerta seguía abierta igual.
Con el tiempo entendí que eso no era casualidad. Mi tía había decidido que su casa fuera refugio. Que allí nadie se sintiera una carga. Que entrar no supusiera pedir permiso emocional.
Hoy, cuando pienso en ella, no recuerdo grandes conversaciones ni momentos extraordinarios. Recuerdo esa puerta. Abierta. Siempre.
Y me doy cuenta de que hay personas que no necesitan decir “aquí puedes quedarte”.
Lo demuestran dejando la puerta abierta.
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