Todavía lo espero

Me llamo Laura Fernández y esta historia es sobre mi abuelo Antonio Fernández.

No sé exactamente cuándo empecé a esperarlo. No hubo un día concreto ni una promesa clara. Simplemente ocurrió. Él salía de casa muchas veces y yo aprendí que volvería. Siempre volvía.

De pequeña me sentaba cerca de la puerta. No porque nadie me lo dijera, sino porque desde ahí se veía llegar antes. Oía pasos en la escalera, voces en la calle, puertas que se abrían en el edificio. Muchas no eran las suyas. Yo levantaba la cabeza igual.

Con los años dejé de sentarme ahí. Crecí, cambié de casa, de rutinas, de vida. Pero algo de esa espera se quedó conmigo. No como una tristeza constante, sino como una costumbre silenciosa.

Mi abuelo Antonio murió hace tiempo. No de golpe, no de forma inesperada. Todo fue como tenía que ser. No hay drama en eso. La vida siguió. Yo seguí.

Y, aun así, hay momentos en los que me descubro esperando. No en una puerta concreta, ni a una hora concreta. Esperando de una forma más difícil de explicar. Como si una parte de mí siguiera convencida de que todavía puede aparecer.

No lo pienso conscientemente. No lo busco. No lo llamo.
Simplemente, a veces, lo espero.

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