Mi abuelo llevaba tiempo sin reconocerme.
No de golpe. Fue poco a poco. Primero dejó de decir mi nombre. Después dejó de mirarme como antes. Con el tiempo, pasó a mirarme como se mira a alguien educadamente, sin saber quién es.
Yo seguía yendo a verlo. Me sentaba a su lado. Le hablaba aunque no respondiera. No esperaba nada concreto. Aprendí a estar sin pedirle que volviera.
Ese día tampoco esperaba nada.
Estaba sentado, como siempre. La mirada perdida, las manos quietas. Me acerqué, le cogí la mano y le hablé despacio, sin decir nada importante. De repente, me miró. No fue una mirada larga ni intensa. Fue breve. Pero fue distinta.
Me dijo mi nombre.
Solo eso.
Sin frases. Sin emoción visible.
Mi nombre, dicho como antes.
No sonrió. No explicó nada. A los pocos segundos volvió a perderse. El momento pasó tan rápido que casi dudé de si había ocurrido de verdad. Nadie más lo notó. Nadie más lo celebró.
Pero yo sí.
Porque durante unos segundos, volvió a saber quién era yo. Y yo supe que, en algún lugar de su memoria, todavía estaba.
No volvió a pasar.
Ese fue el último instante en el que mi abuelo y yo estuvimos en el mismo tiempo. Desde entonces, todo fue despedida, aunque no lo supiéramos.
No necesito más recuerdos.
No necesito finales bonitos.
Ese segundo fue suficiente para toda una vida.
Añadir comentario
Comentarios