Mi abuelo Manuel Rivas emigró a Argentina siendo muy joven.
No se fue por aventura ni por curiosidad. Se fue porque en su pueblo no había trabajo y porque quedarse significaba no avanzar nunca.
Salió de España con una maleta pequeña y una dirección escrita en un papel. Dejó atrás a sus padres, a sus hermanos y a una vida que ya sabía que no podría sostener. Prometió volver. Como casi todos.
Al principio escribía cartas. Llegaban con semanas de retraso, a veces con meses. En ellas decía que estaba bien, que trabajaba mucho, que pronto estaría mejor. Nunca hablaba de tristeza. Nunca decía que echaba de menos nada. Aprendió pronto que desde lejos había que tranquilizar, no preocupar.
Con el tiempo, las cartas fueron menos. No porque no quisiera escribir, sino porque la distancia también cansa. Hacer vida en otro país exigía mirar hacia delante, aunque doliera. Volver atrás con la memoria no siempre ayudaba.
Mi abuelo no volvió. No porque no quisiera, sino porque volver era reconocer que había perdido algo. Perdido años, vínculos, presencia. Regresar significaba enfrentarse a todo lo que se había quedado suspendido. Y eligió quedarse donde ya había construido otra vida, aunque nunca fuera del todo suya.
Cuando hablaba de España lo hacía poco y mal. Cambiaba de tema. Se quedaba en silencio. No idealizaba nada. No decía que hubiera sido mejor quedarse ni mejor irse. Simplemente había pasado.
Crecí escuchando su acento mezclado, viendo fotos de un lugar que no conocía y entendiendo, muy tarde, que mi abuelo había pagado un precio alto por emigrar. No fue solo el idioma, ni el trabajo, ni la soledad. Fue no volver a encajar del todo en ningún sitio.
En España había pasado demasiado tiempo.
En Argentina nunca dejó de ser el que venía de fuera.
Esta no es una historia de éxito ni de fracaso. Es la historia de alguien que sobrevivió, que sacó adelante a los suyos y que cargó en silencio con una nostalgia que no se podía resolver.
Porque hay viajes que te llevan lejos,
pero no te devuelven nunca del todo.
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