Mi abuela nunca dijo “te quiero” y no lo necesitábamos

Mi abuela nunca dijo “te quiero”.
Ni una sola vez. No lo recuerdo porque no pasó.

No era una mujer fría. Tampoco distante. Simplemente no usaba ese lenguaje. En su casa no se decían esas cosas. No porque estuvieran prohibidas, sino porque no formaban parte de la manera de querer que conocía.

De pequeña no me llamaba la atención. Nadie esperaba oírlo. No había silencios incómodos ni carencias evidentes. Estaba ahí cuando hacía falta. Cocinaba, cuidaba, resolvía, sostenía. Eso era el amor.

Nunca nos abrazaba mucho. Nunca verbalizaba orgullo ni cariño. Pero sabía exactamente cuándo tenías hambre, cuándo estabas cansada, cuándo necesitabas que alguien se quedara contigo sin preguntar nada. No decía “te quiero”. Lo hacía.

Con los años empecé a escuchar otros discursos. Que si no te lo dicen, no existe. Que si no se nombra, no cuenta. Que el amor que no se verbaliza es insuficiente. Y durante un tiempo dudé. Dudé de si a mi abuela le faltó algo o si nos faltó a nosotros.

Hoy lo veo con más claridad.
A mi abuela no le faltó amor.
Le faltó lenguaje emocional moderno.

Vino de una generación donde el afecto no se explicaba, se demostraba. Donde decir “te quiero” no era necesario porque el vínculo se sostenía en hechos repetidos cada día. Donde cuidar era más importante que expresar.

No escribo esto para decir que una forma sea mejor que la otra. No idealizo el silencio ni critico las palabras. Pero sí cuestiono la idea de que solo vale lo que se dice en voz alta.

Porque hay amores que no saben hablar,
pero saben estar.

Y ese fue el amor de mi abuela.
Uno que no necesitó ser nombrado para ser real.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios