Mi abuela nunca hablaba de su juventud

Mi abuela nunca hablaba de su juventud.
No era que evitara un tema concreto. Es que esa etapa, simplemente, no existía en sus relatos.

Sabíamos cómo era como madre. Cómo era como abuela. Cómo organizaba la casa, qué le gustaba cocinar, a qué hora se levantaba. Pero de antes… nada. No había historias de amigas, de sueños, de primeros amores, de miedos propios. Su vida parecía empezar cuando ya tenía responsabilidades.

De pequeña no me extrañaba. Pensaba que era normal. Que había personas que no tenían mucho que contar. Con los años entendí que no era eso. Mi abuela sí tenía una juventud, pero había aprendido que no merecía ser contada.

Nunca decía “cuando yo era joven”. Nunca hablaba de lo que quería ser, ni de lo que le habría gustado hacer. Cuando alguien le preguntaba, desviaba la conversación hacia otra cosa. Como si ese pasado no fuera importante. Como si removerlo no aportara nada.

Hoy sé que muchas mujeres de su generación hicieron lo mismo. No porque no hubieran vivido, sino porque su juventud fue absorbida por lo que vino después. Trabajo, familia, obligaciones. El pasado quedó atrás, sin espacio para ser recordado.

A veces me pregunto quién fue mi abuela antes de ser “la abuela”. Qué pensaba. Qué le daba miedo. Qué le hacía ilusión. No tengo respuestas. Solo silencios bien aprendidos.

Y también me doy cuenta de algo incómodo: yo misma he empezado a resumir mi vida por etapas útiles, dejando otras sin nombrar. Como si lo que no encaja en el relato práctico no mereciera existir.

Este homenaje no intenta inventar una juventud que no conozco. Intenta reconocer que fue borrada, no porque no importara, sino porque nadie le enseñó que podía importarle a alguien.

Porque cuando una generación entera deja de hablar de sí misma, algo se pierde.

Y nombrarlo, aunque sea tarde, también es una forma de memoria.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios