La última vez que vi a mi abuela

La última vez que vi a mi abuela no pasó nada importante.
No hubo conversaciones largas, ni despedidas conscientes, ni frases que después se recuerdan toda la vida. Pasó algo mucho más pequeño.

Recuerdo su gesto.
Nada más.

Estaba sentada, como tantas otras veces. Me miró al entrar. No se levantó. No hacía falta. Me acerqué y me cogió la mano durante unos segundos. No habló. Yo tampoco. Fue un gesto sencillo, casi automático, como si no tuviera ningún significado especial.

En ese momento no pensé que fuera la última vez.

Después, el tiempoEpo pasó. La vida siguió. Y un día entendí que ese recuerdo se había quedado fijo, intacto, mientras otros se iban borrando. No recuerdo qué ropa llevaba. No recuerdo qué día exacto era. No recuerdo quién más estaba allí.

Solo recuerdo su mano.
Y la forma en que la apretó.

Con los años he comprendido que muchas despedidas no se anuncian. Que lo último no siempre se reconoce como último. Y que a veces, todo lo que queda de una persona es un gesto mínimo que no parecía importante cuando ocurrió.

Ese fue el último recuerdo que me dejó mi abuela.
Y ha sido suficiente para acompañarme toda la vida.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios