No sé cómo era mi padre antes de ser padre.
No sé cómo hablaba.
Ni de qué se reía.
Ni qué hacía cuando no tenía que cuidar de nadie.
Mi recuerdo de él empieza ya siendo responsable.
Siendo adulto.
Siendo padre.
Siempre lo vi pendiente de todo.
Del trabajo.
De la casa.
De que no faltara nada.
Nunca lo vi perder el tiempo.
Nunca lo vi improvisar.
Nunca lo vi pensar solo en él.
De pequeña pensé que eso era su carácter.
De mayor entendí que era su papel.
Mi padre dejó de ser solo una persona
para convertirse en alguien necesario.
Nunca me habló de su juventud.
No porque no quisiera,
sino porque parecía no considerarla importante.
A veces me pregunto cómo era antes.
Si era distinto.
Si tenía sueños que no llegó a cumplir.
Si se permitía ser ligero,
o si siempre fue así de serio.
No es una reproche.
Es una curiosidad tardía.
Porque ahora entiendo que muchas personas
no pierden su identidad de golpe,
la van dejando a un lado
mientras sostienen la de otros.
Mi padre no desapareció.
Se transformó.
Y aunque estoy agradecida por todo lo que fue para mí,
me habría gustado conocer
a la persona que fue antes
de serlo todo para los demás.
Este homenaje es para él,
y para todas esas personas
que se convirtieron en padres o madres
sin darse cuenta
de que también estaban dejando algo atrás.
Añadir comentario
Comentarios