Mi abuelo Manuel Sánchez no sabía estar quieto.
No lo digo como una exageración ni como una virtud heredada con orgullo. Lo digo como un hecho. Siempre había algo que hacer, incluso cuando ya no hacía falta.
Era de Extremadura, de un pueblo pequeño donde el trabajo no se separaba de la vida. Allí no se “trabajaba”: se cumplía. Se cumplía con la tierra, con la casa, con la familia, con el día. Y cuando ya no quedaba nada urgente, se buscaba algo pendiente.
Cuando se jubiló, nadie lo notó demasiado. No porque siguiera trabajando fuera, sino porque dentro de casa su ritmo no cambió. Se levantaba temprano, aunque no tuviera a dónde ir. Barría el patio, revisaba cosas que no estaban rotas, ordenaba herramientas que ya estaban ordenadas. Si se sentaba, era poco tiempo. Como si sentarse demasiado fuera una falta.
Nunca lo vi “descansar” como entendemos hoy el descanso. No se tumbaba a no hacer nada. No se quedaba mirando. No decía “ya está”. El descanso, para él, era cambiar de tarea.
De pequeña pensaba que era nervioso. Luego creí que era costumbre. Con los años entendí que no era ninguna de las dos cosas. Era otra cosa más profunda: no sabía parar porque parar no había sido una opción cuando se estaba formando como persona.
Creció en una época en la que descansar no era un derecho ni una necesidad reconocida. Era un riesgo. El tiempo vacío era tiempo perdido, y el tiempo perdido podía volverse en contra. Así que aprendió a llenar cada momento con utilidad, aunque ya no fuera imprescindible.
Nunca hablaba de cansancio. Nunca decía que estaba agotado. Y, sin embargo, ahora sé que vivió cansado toda la vida, solo que no tenía palabras para eso.
Hay algo que he tardado mucho en reconocer: yo hago lo mismo. Me cuesta sentarme sin motivo. Me incomoda no tener nada pendiente. Cuando todo está hecho, busco algo más. No porque me guste estar ocupada, sino porque el silencio del “no hacer” me resulta extraño.
Durante años pensé que era una manía mía. Ahora sé que no. Es una herencia emocional. No se transmite en los genes, sino en la forma de mirar el tiempo.
Mi abuelo Manuel no fue un héroe ni un ejemplo perfecto. No hizo grandes gestas ni dejó discursos. Pero dejó algo más silencioso y persistente: una manera de estar en el mundo en la que uno vale por lo que sostiene, no por lo que descansa.
Hoy intento aprender algo que él no pudo aprender. Parar sin culpa. Sentarme sin justificarme. Descansar sin sentir que estoy fallando a algo o a alguien.
Y cuando lo intento, lo pienso.
No como reproche.
Como reconocimiento.
Porque hay herencias que no se escriben en los papeles, pero se repiten durante generaciones.
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