Mi tía abuela Isabel Gómez siempre comía de pie.
No era una excepción ni algo puntual. Era su manera habitual de hacerlo. En la mesa se sentaban los demás; ella se quedaba apoyada en la encimera, de espaldas al fregadero o junto a la puerta de la cocina, con el plato en la mano.
Era de un pueblo pequeño de la Andalucía rural, donde la casa giraba alrededor de la cocina y donde las mujeres aprendían pronto a estar disponibles. Isabel no hablaba de ello. Simplemente lo hacía. Servía primero, recogía después, y cuando por fin se llevaba algo a la boca, ya no quedaba tiempo ni lugar para sentarse.
De pequeña me llamaba la atención. No entendía por qué no se sentaba con nosotros, si había sillas de sobra. Alguna vez alguien se lo decía: “Siéntate, Isabel”. Ella sonreía, decía que ahora iba, y seguía de pie. Siempre había algo pendiente: una olla que vigilar, un plato que faltaba, alguien que pediría algo en cualquier momento.
Con los años entendí que no era prisa. Era costumbre. Comer no era un acto central para ella; era algo que se hacía cuando se podía, no cuando tocaba. Su prioridad no era alimentarse, sino que los demás estuvieran atendidos.
Nunca la oí quejarse. Nunca dijo que estaba cansada. Tampoco hablaba de sí misma. Su lugar estaba claro y no parecía cuestionarlo. Había aprendido que su tiempo era el tiempo de los otros, y que el suyo propio podía esperar.
Ahora, cuando lo recuerdo, no lo hago con reproche ni con nostalgia edulcorada. Lo recuerdo como un gesto repetido, casi invisible, que dice mucho de una época y de una forma de vida. Isabel no pensaba que estuviera renunciando a nada. Simplemente hacía lo que había aprendido que se esperaba de ella.
A veces me descubro haciendo lo mismo. Comiendo rápido, sin sentarme, resolviendo cosas mientras debería parar. Y entonces pienso en ella. No como una advertencia, sino como una explicación.
Porque hay herencias que no vienen en los apellidos ni en los documentos. Vienen en los gestos pequeños, en lo que damos por normal sin preguntarnos por qué.
Y esa forma de estar siempre disponible, de ponerse al final de la lista, también se hereda.
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