Mi bisabuelo Sebastián Cruz, que siempre miraba al cielo

Mi bisabuelo Sebastián Cruz miraba al cielo antes de hacer casi cualquier cosa.
No era un gesto solemne ni una superstición. Era costumbre. Salía al patio, levantaba la cabeza unos segundos y solo después seguía con el día.

Era de una zona rural de Castilla, donde la tierra marcaba el ritmo y el cielo no era un fondo, sino una señal. De él dependían las siembras, las cosechas, el trabajo y, muchas veces, el ánimo. Mirar al cielo no era perder el tiempo: era informarse.

No recuerdo que hablara mucho. No explicaba lo que hacía ni por qué. Simplemente miraba. A veces fruncía el ceño. Otras seguía como si nada. Nadie le preguntaba. Todos entendían que ese gesto formaba parte de decidir.

Con los años he entendido que su vida estaba ligada a algo que hoy apenas consideramos: no tenía control real sobre el resultado de su trabajo. Podía esforzarse, madrugar, cumplir… pero al final todo dependía de algo que no estaba en sus manos. El cielo era una presencia constante, imprevisible y determinante.

No lo recuerdo quejándose del tiempo. Si llovía cuando no tocaba, se asumía. Si el calor apretaba, se aguantaba. No había indignación ni dramatismo. Solo adaptación. Aprendió pronto que enfadarse con el cielo no servía de nada.

Ahora, cuando lo pienso, entiendo que esa manera de mirar al cielo no era resignación, sino atención. Estar pendiente de lo que no se puede controlar para ajustar lo que sí. Una forma de inteligencia práctica que no aparece en los libros, pero que sostuvo a generaciones enteras.

A veces me descubro haciendo algo parecido. No mirando literalmente al cielo, sino esperando señales, midiendo el momento, intuyendo cuándo es mejor actuar y cuándo conviene esperar. No siempre soy consciente de ello, pero está ahí.

Sebastián Cruz no dejó escritos ni grandes decisiones registradas. Pero dejó una forma de relacionarse con el tiempo, con la incertidumbre y con el trabajo que todavía persiste.

Porque hay herencias que no se transmiten con palabras, sino con gestos repetidos durante toda una vida.

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