Me llamo Javier Romero, y este homenaje es para mi abuelo Antonio Romero Pérez.
En casa, el calendario siempre colgaba en la cocina.
No era decorativo ni especial.
Un calendario sencillo, con letras grandes,
manchado de grasa,
con algún día marcado a lápiz.
Pero había algo que se repetía cada año.
Entre el 29 y el 30 de diciembre,
mi abuelo Antonio lo descolgaba de la pared.
No decía nada.
No hacía comentarios.
Simplemente lo apoyaba sobre la mesa
y lo miraba durante un buen rato.
De pequeño pensaba que estaba comprobando algo.
Una fecha.
Un santo.
Algún día importante.
Ahora sé que no miraba números.
Miraba el año entero.
Pasaba las hojas con calma,
una a una,
como si cada mes pesara lo suyo.
A veces señalaba un día con el dedo.
Otras veces se quedaba quieto,
mirando sin pasar página.
Nunca hablaba de lo que veía ahí.
Si alguien le preguntaba,
respondía siempre lo mismo:
“Nada… otro año más.”
En aquel momento no entendía esa frase.
Hoy sí.
Mi abuelo no hacía balances en voz alta.
No hablaba de objetivos ni de propósitos.
No decía si el año había sido bueno o malo.
Pero en ese gesto —callado y lento—
estaba todo.
Las personas que había perdido.
Los días que había trabajado de más.
Las veces que había salido adelante
aunque no sabía cómo.
Cuando terminaba,
arrancaba la última hoja
y doblaba el calendario con cuidado.
No lo tiraba inmediatamente.
Lo dejaba apoyado en un rincón,
como despidiéndose.
Al día siguiente,
ponía el nuevo.
Nunca vi en su cara alegría exagerada
ni tristeza evidente.
Solo una aceptación serena,
como quien sabe
que seguir aquí
ya es suficiente.
Este homenaje es para mi abuelo Antonio,
y para todas esas personas
que cerraban el año sin ruido,
mirando atrás en silencio,
y seguían adelante
sin necesidad de decirlo todo en voz alta.
Añadir comentario
Comentarios