Mi abuela sabía curar heridas sin botiquín

Mi nombre es Raquel, y este homenaje es para mi abuela Eulalia.

En mi infancia, todos los niños del barrio sabían una cosa:
si te hacías daño, no ibas a casa.
Ibas a casa de mi abuela Eulalia.

Ella sabía curar heridas sin botiquín.

Lo hacía con plantas que recogía detrás del huerto,
con soplos suaves,
con alcohol casero que guardaba en una botella azul,
y con una paciencia que nadie más tenía.

Las madres llamaban a su puerta
cuando un niño se caía en bicicleta,
cuando alguien se cortaba con un cristal,
cuando salía un moratón imposible.

Ella miraba la herida sin prisa,
tocaba alrededor con la punta de los dedos,
murmuraba algo que nadie llegó a entender,
y empezaba a trabajar.

Recuerdo el olor de las hojas machacadas,
la mezcla verde que preparaba en un cuenco,
el silencio respetuoso mientras nos curaba,
y su manera de decir “ya está”
cuando el dolor se iba.

Nunca estudió medicina.
Nunca tuvo un título.
Pero sabía más de la piel humana
de lo que yo he descubierto en cualquier libro.

Cuando Eulalia murió,
las plantas del jardín siguieron creciendo,
pero nadie volvió a saber usarlas igual.

Este homenaje es para ella,
y para tantas mujeres que curaron con lo que tenían,
y dejaron huellas que todavía se ven
en las rodillas sin cicatrices de quienes crecimos a su lado.

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