Soy Elena, y este homenaje es para mi abuela Luisa.
Cuando era niña, pensaba que mi abuela tenía un cajón lleno de papeles viejos sin sentido:
recortes amarillentos, titulares recortados torcidos, fechas escritas a lápiz,
pequeños pedazos de periódico ordenados en montones silenciosos.
No entendía por qué los guardaba.
Eran noticias de accidentes, incendios, guerras lejanas, tragedias de desconocidos.
Había nombres que nadie de la familia conocía,
lugares que nunca habíamos pisado,
historias que no nos pertenecían.
Con el tiempo me di cuenta de que no los coleccionaba por curiosidad.
Era otra cosa.
Luisa había crecido entre pérdidas.
Perdió a un hermano joven, a primos que se marcharon sin volver,
a vecinos que desaparecieron de un día para otro,
y vivió en un tiempo donde las desgracias siempre iban por delante de los anuncios alegres.
Aquellos recortes eran su forma de vigilar el mundo,
de decir: “Esto existe. Esto pasó. Esto puede volver.”
No hablaba de sus miedos.
Nunca dijo “tengo temor”.
Solo seguía guardando papeles con la misma calma
con la que otras personas guardan fotos felices.
Años después, cuando ella ya no estaba,
abrimos su cajón y volvimos a leerlo todo.
Nos impresionó ver que muchas fechas coincidían con días difíciles de la familia.
Parecía que coleccionaba dolor para no olvidarlo.
O, quizás, para prepararse.
Hoy entiendo que no era morbo.
Era memoria.
Era supervivencia.
Era la manera que encontró de sostener una vida marcada por la pérdida.
Este homenaje es para mi abuela Luisa,
para sus papeles doblados,
y para todas esas personas
que aprendieron a convivir con las malas noticias
mucho antes de que nadie las escuchara.
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