Mi nombre es Marta, y este homenaje es para mi abuelo Ángel.
En mi familia siempre se habló del silbido de mi abuelo.
Era su forma de llamarnos,
su manera de aparecer sin decir nuestro nombre,
su saludo, su broma, su presencia.
Ángel tenía un silbido para cada nieto.
Uno corto para mí,
otro más largo para mi hermano,
y uno distinto para mis primos.
No había confusión posible.
Si estábamos jugando en la calle,
o en la era,
o escondidos detrás de las parras,
sabíamos a quién llamaba.
Era un lenguaje secreto
que nadie escribió en ningún papel,
pero que todos entendíamos.
Nunca supe quién se lo enseñó.
Él decía que lo aprendió de niño,
cuidando animales,
corriendo entre los caminos del pueblo,
escuchando el viento.
Lo cierto es que ese silbido formó parte
de toda nuestra infancia.
No necesitaba gritar,
ni enfadarse,
ni repetir.
Con aquel sonido bastaba.
Cuando Ángel murió,
esa costumbre murió con él.
Nadie pudo imitar su tono,
su fuerza,
ni su cariño escondido ahí dentro.
Y hay días en los que,
si cierro los ojos,
todavía puedo escucharlo.
Este homenaje es para mi abuelo Ángel,
y para todas esas personas
que inventaron lenguajes familiares
que ahora solo viven en la memoria.
Añadir comentario
Comentarios