Mi nombre es Clara, y este homenaje es para mi abuelo Andrés.
Mi abuelo nunca tuvo cuadernos.
Nunca llevó un diario bonito,
ni una libreta con fechas ordenadas,
ni un sitio preparado para escribir.
Pero aun así, escribió toda su vida.
Lo hacía en servilletas.
En papeles doblados.
En papelitos guardados dentro de libros viejos.
A veces con lápiz, a veces con bolígrafo gastado.
Siempre a escondidas.
De pequeña, yo pensaba que solo hacía dibujos.
Rayas. Firmas. Números sueltos.
Pero cuando Andrés murió, encontramos algo distinto.
Dentro de un cajón,
entre fotos antiguas y cartas rotas,
apareció un pequeño montón de servilletas amarillas.
En cada una había una frase.
Un recuerdo.
Un pensamiento breve.
Ahí escribía lo que no decía en voz alta.
Un miedo, una ilusión, un día duro de trabajo,
un nombre, una fecha, una despedida.
Ese puñado de servilletas
era su diario secreto.
Su mundo interior.
Su forma de dejar algo,
aunque nunca hubiera tenido cuadernos.
Mi abuelo Andrés no estudió mucho,
ni tuvo tiempo para aprender a escribir bonito,
pero tenía algo más importante:
necesidad de contar quién era
antes de desaparecer del todo.
Este homenaje es para él,
y para todas esas personas
que escribieron como pudieron,
con lo que tenían a mano,
para no olvidarse a sí mismos.
Añadir comentario
Comentarios