Nunca le escuché reír.

Me llamo David y esta frase me persiguió durante años sin que supiera por qué.

De pequeño pensaba que mi abuelo era serio por naturaleza. Siempre correcto, siempre ocupado, siempre en su sitio. No recuerdo carcajadas, bromas, risas compartidas. Pensé que simplemente era así.

Con el tiempo empecé a entender su historia.

Creció en una época dura. Trabajó desde muy joven. Aprendió pronto que había cosas más importantes que reír. Sacar adelante a la familia. Cumplir. Resistir. No fallar.

No todas las generaciones tuvieron permiso para la alegría. Para perder el tiempo. Para mostrarse ligeros.

La seriedad, en su caso, no era frialdad. Era una forma de estar alerta. Una manera de sobrevivir sin desmoronarse.

Hoy, cuando miro atrás, ya no echo de menos la risa que no escuché. Echo de menos haber entendido antes por qué no estaba.

Este homenaje es para mi abuelo.
Y para todos aquellos que sostuvieron familias enteras sin poder soltarse ni un momento.

Porque a veces la seriedad no es ausencia de alegría.
Es memoria del esfuerzo.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios