Me llamo Ana Beltrán, y este homenaje es para mi tío abuelo
Rafael Beltrán Soto.
Nunca lo conocí.
No hay recuerdos míos con él.
No hay anécdotas compartidas ni fotos en las que aparezcamos juntos.
Y, sin embargo, viví muchos años dentro de su vida.
Crecí en una casa que no era de mis padres.
Tampoco de mis abuelos.
Era la casa que había construido Rafael, el hermano de mi abuela.
Él murió joven.
Nunca formó una familia propia.
Y la casa quedó.
Durante años fue simplemente “la casa”.
La casa donde dormía.
La casa donde estudiaba.
La casa donde aprendí a caminar por el pasillo sin encender la luz.
Nunca me pregunté quién la había pensado.
Quién decidió dónde iba cada habitación.
Por qué la ventana daba justo a ese patio
o por qué la escalera tenía ese giro extraño.
Hasta que un día lo supe.
Supe que esa casa no era un lugar neutro.
Era el proyecto de vida de alguien que no llegó a vivirlo completo.
Rafael eligió los azulejos.
Pintó paredes.
Imaginó una familia que nunca existió.
Pensó un futuro que no fue el suyo,
pero acabó siendo el mío.
Entonces entendí algo que me removió por dentro:
yo había crecido dentro de las decisiones de una persona
a la que nunca pude conocer.
Viví en su espacio.
Toqué sus paredes.
Subí sus escaleras.
Me protegí bajo su techo.
Mi vida se desarrolló dentro de algo
que él dejó sin saber para quién sería.
Este homenaje no es por lo que hizo,
ni por lo que fue,
ni por lo que contó.
Es por la huella silenciosa que dejó
y que sostuvo a otros sin que nadie lo nombrara.
Este homenaje es para Rafael Beltrán Soto,
y para todas esas personas
que no dejaron descendencia,
pero sí un lugar
donde otros pudieron vivir.
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