Me llamo Marina López, y este homenaje es para mi tatarabuelo Vicente López Paredes. En mi familia siempre se contó una costumbre que, de pequeña, me parecía extraña. Los domingos, mi tatarabuelo Vicente hablaba poco. Muy poco. No era enfado. No era tristeza. Simplemente, ese día guardaba silencio. Se levantaba temprano, como siempre. Desayunaba sin prisa. Salía a dar una vuelta corta. Y volvía a casa sin apenas decir palabra. Si alguien le preguntaba por qué estaba tan callado, respondía con naturalidad: “El cuerpo también tiene que descansar.” No era una norma para los demás. Nadie tenía que imitarlo. Solo era su manera de pasar el domingo. Durante la semana trabajaba duro. Hablaba lo justo. Tomaba decisiones. Se preocupaba por todo. Pero el domingo no. Ese día parecía recogerse por dentro. Se sentaba cerca de la ventana. Escuchaba los sonidos de la casa. Miraba pasar el tiempo sin intervenir en él. Nunca explicó de dónde venía esa costumbre. Quizá del cansancio acumulado. Quizá de una vida donde no siempre hubo descanso. Quizá porque alguien le enseñó que también se puede cuidar el silencio. Con los años entendí que no era rareza. Era respeto por el cuerpo. Por la cabeza. Por la semana que se cerraba. Hoy, cuando llega el domingo y no tengo ganas de hablar, pienso en Vicente. Y dejo que el silencio haga su trabajo. Este homenaje es para mi tatarabuelo Vicente López Paredes, y para todas esas personas que supieron escuchar su cuerpo mucho antes de que nadie hablara de ello.
Añadir comentario
Comentarios