Me llamo Rocío Sánchez, y este homenaje es para mi abuela Dolores Martín Ruiz. En mi casa, de pequeña, había algo que me llamaba la atención pero que nadie explicaba demasiado. Mi abuela Dolores hablaba sola mientras limpiaba. O eso parecía. Mientras barría el pasillo, o fregaba la cocina, o doblaba la ropa recién tendida, iba contando el día en voz baja. No eran frases sueltas. Eran conversaciones. Decía cosas como “Hoy ha hecho frío” o “Tu nieta ya va al colegio” o “Las cosas siguen más o menos igual”. Nunca decía nombres en voz alta. Nunca miraba al vacío. Solo hablaba, con naturalidad, como si alguien estuviera escuchando desde siempre. De pequeña pensé que era una costumbre rara. Con los años entendí que no lo era. Mi abuela había perdido a muchas personas. A sus padres demasiado pronto. A un hermano joven. A vecinos que habían sido familia. Y nunca dejó de hablarles. No lo hacía con tristeza. No lloraba mientras lo hacía. No pedía nada. Les contaba la vida. Como quien mantiene una casa habitada. Para ella, los muertos no se iban del todo. Seguían formando parte del día a día. De la cocina. Del pasillo. Del silencio compartido. Nunca habló de espiritualidad. Nunca dijo que creyera en nada especial. Simplemente siguió hablándoles como se habla a quien ha estado siempre. Hoy, cuando limpio mi casa en silencio, a veces me descubro diciendo cosas en voz baja. Y entonces la entiendo. Este homenaje es para mi abuela Dolores Martín Ruiz, y para todas esas personas que aprendieron a convivir con la ausencia sin convertirla en vacío.
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