Me llamo María Sánchez, y este homenaje es para mi madre
Isabel Sánchez Ruiz.
En mi casa, la Nochevieja siempre seguía el mismo ritual.
Cena tranquila, televisión de fondo, las uvas preparadas en un plato pequeño
y las campanadas sonando desde el salón.
Todo era normal.
Todo parecía alegre.
Pero había algo que se repetía cada año.
Justo después de las doce,
cuando todos brindaban,
mi madre se levantaba sin decir nada
y se iba a la cocina.
No lo hacía con prisa.
No parecía enfadada.
Simplemente desaparecía unos minutos.
De pequeña pensaba que iba a por algo.
Más bebida.
Un plato.
Servilletas.
Con los años entendí que no.
Mi madre Isabel lloraba a solas cada Nochevieja.
Siempre igual.
Siempre en silencio.
Nunca delante de nadie.
No hablaba de ello.
No pedía explicaciones.
No decía que estuviera triste.
Solo lloraba.
Con el tiempo supe por qué.
Ese era el único momento del año
en el que se permitía recordar sin prisas.
A sus padres, que ya no estaban.
A un hermano al que perdió demasiado pronto.
A decisiones que tomó porque no había otra opción.
A la vida que imaginó y no fue.
Después se lavaba la cara,
respiraba hondo
y volvía al salón.
Sonreía.
Brindaba.
Deseaba feliz año nuevo.
Como si nada hubiera pasado.
Hoy, cuando llegan las doce,
entiendo ese gesto mejor que nunca.
Porque hay recuerdos que solo salen
cuando el año se cierra
y nadie está mirando.
Este homenaje es para mi madre Isabel Sánchez Ruiz,
y para todas esas personas
que sostuvieron a los demás
guardándose el llanto
para unos minutos a solas en la cocina.
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