En mi familia siempre se decía que mi madre era “muy tranquila”.
Que no le gustaban los problemas.
Que prefería no meterse en nada.
Durante años acepté esa idea sin pensarla demasiado.
Mi madre se llama María.
Y con el tiempo entendí que no era tranquila:
había aprendido a callar.
Creció en una casa donde el ruido no ayudaba.
Donde discutir no arreglaba nada.
Donde ceder era más útil que enfrentarse.
Así que aprendió pronto a observar,
a medir las palabras,
a tragarse muchas cosas para que todo siguiera en pie.
En casa era la que organizaba sin imponer.
La que resolvía sin reclamar.
La que amortiguaba tensiones sin que nadie se diera cuenta.
Nunca la vi estallar.
Nunca la escuché reprochar.
Pero siempre estaba cuando algo fallaba.
Durante mucho tiempo confundí ese silencio con carácter.
Con forma de ser.
Hasta que empecé a ver el desgaste.
Porque callar tanto también pesa.
Y sostener a todos en silencio
tiene un coste que casi nunca se nombra.
Mi madre no desapareció.
No se anuló.
Se hizo fuerte de una manera que no se ve.
Este homenaje es para María,
y para tantas mujeres que aprendieron a callar
no porque quisieran,
sino porque así todo funcionaba.
Hoy queremos decirlo en voz alta.
Para que su historia no vuelva a quedarse en silencio.
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